“Y llamó a los 12 y comenzó a enviarlos de dos en dos, dándoles potestad sobre los espíritus inmundos. Y les mandó que no llevasen nada para el camino, ni pan, ni alforja, ni dinero en la bolsa, sino solamente un bastón; y que fueran calzados con sandalias y no llevaran dos túnicas. Y les decía: Si entráis en una casa, permaneced allí hasta que salgáis de aquel lugar. Y si en algún sitio no os reciben ni os escuchan, al salir de allí sacudid el polvo de vuestros pies en testimonio contra ellos. Y habiendo marchado, predicaron que hicieran penitencia; y expulsaban muchos demonios y ungían con óleo a muchos enfermos y los curaban”. (Marcos 6, 7-13)

Jesús elige a los Apóstoles como representantes personales suyos, no sólo mensajeros, profetas y testigos.

Esta nueva identidad -actuar in persona Christi- se ha de manifestar en una vida sencilla y austera, santa; debe mostrarse en una entrega sin límites a los demás. El Evangelio de la Misa nos relata que Jesús los envió dándoles autoridad sobre los espíritus inmundos. Les encargó que llevaran para el camino un bastón y nada más: ni pan, ni alforja, ni dinero en la faja...

Dios toma posesión del que ha llamado al sacerdocio, lo consagra para el servicio de los demás hombres, sus hermanos, y le confiere una nueva personalidad. Y este hombre elegido y consagrado al servicio de Dios y de los demás, no lo es sólo en determinadas ocasiones, por ejemplo, cuando está realizando una función sagrada, sino que “lo es siempre, en todos los momentos, lo mismo al ejercer el oficio más alto y sublime como en el acto más vulgar y humilde de la vida cotidiana. Exactamente lo mismo que un cristiano no puede dejar a un lado su carácter de hombre nuevo, recibido en el Bautismo, para actuar “como si fuese” un simple hombre, tampoco el sacerdote puede hacer abstracción de su carácter sacerdotal para comportarse ‘como si’ no fuera sacerdote. Cualquier cosa que haga, cualquier actitud que tome, quiéralo o no, será siempre la acción y la actitud de un sacerdote, porque él lo es siempre, a todas horas y hasta la raíz de su ser, haga lo que haga y piense lo que pensare”.

La nueva situación creada por la Pandemia ha puesto de relieve la importancia de la “inmunidad espiritual”. No solo hay que buscar la inmunidad biológica del cuerpo sino también sanar la del Espíritu. Los sacerdotes tenemos una oportunidad magnífica de colaborar en esta sanación global que necesita el mundo. Frente al tsunami emocional y de características psíquicas que conlleva esta enfermedad, la vida espiritual, la vida de relación con Dios aparece como una urgencia que no debe ser soslayada. Los Estados deben posibilitar y permitir de la mejor forma y manera que el bien espiritual llegue libremente a todos los seres humanos. No se debe ni puede impedir el Bien de Dios, es un derecho humano poder vivir las creencias.

El sacerdocio católico es don de Dios pero es tarea de cada ministro consagrado responder con trabajo extraordinario como extraordinario es el tiempo que nos toca vivir. “Te basta mi Gracia” le dice Jesus a Pablo; Dios nos asistirá con su fortaleza a los sacerdotes para entregarnos con más trabajo en estos momentos arduos y difíciles que nos toca vivir como humanidad.

Al decir del Papa, “recen por los sacerdotes”.